Viagra para que se empalme la mente.

¿Estas falto de creatividad? ¿Pasión? ¿Las buenas ideas se te resisten? ¿Te falta chispa? El siguiente paso lógico nos lleva, inevitablemente, a las drogas. Porque ¿Te imaginas un submarino amarillo sin experimentar con ácidos?

En este caso no tanto a las drogas recreaciones y alucinógenas como a lo que se conoce en el argot como nootrópicos, o drogas inteligentes: sustancias o suplementos que, según sus defensores, nos harían alcanzar una epifanía neuroquímica para dar lo mejor de nosotros mismos. Es un terreno pantanoso y aún no demasiado explorado que, para entendernos, intentaría delimitar por qué tomarse cuatro cafés para sacar adelante algún proyecto un tanto problemático (esto se hace, según me ha contado un amigo) se considera ortodoxo, pero que las empresas proporcionen dosis controladas de dextroanfetamina a sus trabajadores creativos se considera tabú. El New Yorker expresó el problema en estos términos: “Cada época tiene su droga definitoria. Los potenciadores neuronales se amoldan perfectamente a nuestra cultura de oficina, obsesionada con la eficiencia y equipada con BlackBerrys”.

Quizá el problema al que nos enfrentamos sea, precisamente, la sobrecarga de estímulos para la creatividad que define nuestra época.

En 1995, Steve Jobs realizó unas declaraciones a la revista Wired que se citan expresamente en ‘Imagine’: “La creatividad es simplemente conectar cosas (…) Cuánto más amplio sea nuestro conocimiento de la experiencia humana, mejores diseños tendremos”.

Tal vez Steve Jobs nos ha proporcionado demasiadas herramientas para (como él lo expresaría) conectar experiencias, lo que puede suponer un beneficio para nuestra imaginación constructiva… o nos puede mantener ensimismados con la pantalla del iPad, mientras la auténtica experiencia creativa está ahí fuera.

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